JORGE REINEL PULECIO YATE
Ese mediodía de agosto yo veía el noticiero “TV Hoy”, en pantalonetas, antes del sancocho de siempre que me serviría mi mamá, cuando “el paisa” Ortiz se acercó a la ventana y me espetó:
– ¡Quibo jefe! ¿No está oyendo las noticias de aquí? ¿Ya sabe que usted es mi jefe?
– No. ¿De qué me está hablando?
Y sí. Fui “el jefe” de los maestros del Caquetá durante un eterno año entre 1982 y 1983.
Tenía entonces 29 años y la sangre caliente. Ya había estado “preso” (en realidad detenido) siete veces y en dos de ellas había sido torturado. Ya había pintado paredes y echado piedra y volantes y discursos en buses, en fábricas y asambleas; había organizado paros cívicos y otros no tan cívicos; había asesorado sindicatos de obreros, de campesinos y de maestros; y había sido secretario político de al menos treinta células pretendidamente leninistas, luego gramscianas, que al final fueron más células de ecologistas y de defensores de derechos humanos que de vanguardias del proletariado.
Sí, porque lo que había comenzado como la ilusión de hacer la revolución proletaria mundial (a la Lenin y Trotsky), formar el “hombre nuevo” (a la Ché) y establecer la educación liberadora (a la Paulo Freire), o los proyectos de tierra sin patronos, “escuela nacionalizada, laica y única”, derrotar a la dictadura civil y al Frente Nacional, al clientelismo y el caciquismo, todo eso, y además alcanzar el socialismo, casi nada, todo eso se había reducido, con el paso de los años, de las luchas y de las derrotas, a mera defensa de la vida.
Así me encontró el nombramiento como Secretario de Educación del Caquetá en 1982: me encontró como Secretario del Comité Regional de Derechos Humanos y Secretario de la Asociación de Profesores Universitarios, ASPU, secretario del Comité de Ordenamiento Ambiental del Caquetá y secretario de mi mamá, doña Doris, la maestra.
Para entonces la vida en el Caquetá se había enrarecido. Cuatro eternos años de gobierno de Turbay, es decir de la doctrina Ñungo (más vale un inocente muerto que un guerrillero fugitivo), del dispare primero averigüe después, de las explicaciones “es que los detenidos se autotorturan” (como recién lo repitió la oficina del nieto, un Uribe-Turbay, para mayor veras), de las caballerizas y del torturadero en el Hospital Militar de Venecia, todos esos años de despotismo e ignominia, habían reducido nuestros sueños a la supervivencia de los sueños, y al dolor de los victimados.
Por eso me opuse en principio a aceptar participar en el Gobierno burgués. Pero Gerardo Molina, el maestro y máximo dirigente del Movimiento Nacional Firmes, mi partido, me envió un telegrama de tres largas páginas que aún guardo. No había escapatoria: si tenemos un proyecto cultural y nos dan la oportunidad de ejecutarlo… es una barbaridad no hacerlo.
Por ese telegrama me posesioné como el primer funcionario de izquierda en un gobierno de Colombia, a pesar de que el Frente Nacional ya había terminado formalmente. Pero para posesionarme finalmente el gobernador Miller Ortiz tuvo que consultarlo con el propio Presidente, Belisario Betancur.
Lo demás son historias y anécdotas de los pocos logros y las muchas frustraciones, como era de esperarse.
De lo que quiero hablar hoy es de ese grupo de Supervisores de Educación que encontré en la Secretaría y que tuve oportunidad de conocer.
Yo sabía algo de pedagogía (había cursado normal remedial para profesores que no eran bachilleres, en compañía de “Machete”, de Julio César Gaitán, del mono Celis y de otros amigos mayores que me enseñaron a jugar tejo, en la Normal Nacional para “Señoritas”; había sido Rector del Colegio Santa Elena durante todo 1973 que La Nacho estuvo cerrada; y había leído profusamente a Paulo Freire) pero de lo que más sabía era de hablar mal del gobierno, gritar consignas, escribir comunicados clandestinos y pintar paredes. No sabía un carajo del Estatuto Docente, de nóminas y traslados de maestros, de compras públicas y de Juntas del FER. Sabía de armar planchas en la Asociación de Institutores del Caquetá, AICA, donde siempre ganaban los más zorros, los de Organicémonos, y perdíamos los de la Unión Revolucionaria Socialista.
Para superar mi ignorancia sobre la Secretaría de Educación, para eso estaban “los supervisores”. Yo los conocía a casi todos. Algunos habían sido mis compañeros de bachillerato o de normal, otros fueron mis “lanzas” en la Compañía Córdoba del Batallón Juanambú, otros eran mis camaradas y otros, realmente pocos, eran turbayistas y godos, pero en todo caso eran más mis amigos que mis rivales.
Nombré a Gabriel Peña como subsecretario, o algo así, contra la oposición de algunos camaradas que lo veían más cercano al turbayismo. Para mí, el único problema de Gabriel era que tenía como tres puestos y unas cuantas novias… a qué horas por Dios, me ayudaría a poner esto en orden. Pero fue mi mano derecha. La zurda fue Quintiliano Areiza. Pero no por izquierdista sino por radical y desguarambilado.
Y aquí viene una anécdota. Habíamos nombrado bastantes profesores chocoanos. De dónde más conseguíamos que se fueran para la selva de la Amazonia normalistas y licenciados, si no era de un departamento más pobre e inhóspito que el Caquetá? Pues para navidad o para las fiestas de San Pacho, no recuerdo bien, me invitó la colonia chocoana a una rumba. Me acompañó Quintiliano. Era casi llegando al barrio Torasso en lo alto de Florencia. Pues Quinto llegó subrepticiamente, les apagó la luz a las 30 parejas y les gritó:
– “Ríanse hijueputas para verlos dónde están”
Tremenda borrachera la que me pegué esa noche.
Para definir colectivamente qué hacer en la Secretaría, organizamos un seminario programático en una finca de la curia, con apoyo de monseñor Serna. Había invitados y ponentes y todo muy estilizado. Cuando llegué encontré que en el papelógrafo mi subsecretario Gabriel Peña había escrito, en grandes letras: VIENBENIDOS. Sí con V al principio y B al final.
Esos fueron mi mano zurda y mi mano derecha en la aventura como Secretario de Educación. Y yo era peor, en casi todo, aunque intentaba que no se notara.
Pero hicimos algunas cosas dignas de contar. Pasamos una “Ordenanza” en la Asamblea Departamental reglamentando los traslados de maestros y creando un ente paritario para ordenarlos y superar así el clientelismo. Paritario entre supervisores y sindicalistas. La intención fue buena pero no superó el mandato del siguiente Secretario de Educación.
Como yo era ecologista cuando eso no estaba de moda, desde 1978, impulsamos una cátedra sobre ecología y medio ambiente en bachillerato. Creo que no tuvo mucho seguimiento y el cumplimiento real fue pequeño. Después se ha demostrado la pertinencia y necesidad del tema, más ahora, en tiempos de cambio climático, del cual entonces no se hablaba.
Con motivo de la inauguración del Batallón de Ingenieros en Venecia, y en el marco de las promesas de amnistía, perdón, reforma agraria y “ni una gota de sangre” más entre colombianos, como prometió Belisario en ese agosto de 1982 de no creerlo, el Gobernador Ortiz me llevó a la reunión con el Presidente, en el Hotel Plazas. Fui el único Secretario invitado a exponer una propuesta de política pública. Hice una presentación para que me echaran del puesto. Demostré que como estábamos en una zona de colonización los campesinos-colonos migraban con sus hijos y una escuela de 80 alumnos podía pasar a ser de 20, los cuales también merecen profesor, señor Presidente, y que los soldados dormían en las escuelas y cocinaban con la madera de los pupitres, y que mataban, torturaban y desaparecían maestros (yo lo decía porque para eso era Secretario de la Comisión de Derechos Humanos), y que la colonización era espontánea porque el Estado no hacía presencia y que esto y lo otro, por eso, señor Presidente, yo soy del Movimiento Nacional Firmes, y le pido que me permita nombrar 320 maestros adicionales, no importa el Decreto que usted sacó congelando la nómina nacional, por condicionamiento del Banco Mundial, y que la deuda externa, y toda esa carreta en la que yo soy experto, porque soy economista de la Universidad Nacional de Colombia, Presidente, y bla, bla, bla.
La verdad yo esperaba que la noticia de la visita de Belisario Betancur a Florencia, con TV y todo, fuera que me echaban del cargo, por izquierdista radical.
Para colmo de colmos, a un lado de Belisario estaba monseñor Serna y al otro Landazábal Reyes, el Ministro de Defensa que en realidad era ideólogo de la “seguridad nacional” y de la Escuela de Las Américas.
Apenas terminé mi discurso, levantó la mano Landazábal.
– Permiso señor Presidente.
– Diga General.
– Para manifestarle que todo lo que ha dicho el doctor Pulecio, a quien conocemos muy bien por sus antecedentes, es cierto. Creo que esas escuelas rurales están abandonadas y destruidas por la guerra. Esos profesores deben ser nombrados.
– Correcto señor General. Felicitaciones Gobernador. Entonces señorita, tome nota, le informaremos al Ministro de Educación. Y gracias doctor Pulecio por la presentación.
Pero como en todo, Belisario estaba lleno de buenas intenciones que no cumplió, al menos plenamente. La autorización para nombrar esos 320 maestros trajo un mico. Solo se nombrarían por contrato de 10 meses anuales, no conforme el Estatuto Docente. Eso me permitió renunciarle al Presidente, en la Casa de Nariño, unos mese después.
Mientras tanto cometí un peculado por el que aún no he sido puesto preso. Resulta que conforme el Estatuto Docente, solo podía nombrarse como profesores a normalistas o a bachilleres con un curso pirata de 40 horas sobre pedagogía barata. ¡Ajá! Pero en las comunidades indígenas, en “los ríos abajo”, en los “Internados para civilizar indios”, solo se cursaba hasta 4º bachillerato. Bueno, yo nombré a indios con 4º de bachillerato porque, como soy indio, me emputaba que los maestros mestizos enseñaran en castellano y de una destruyeran la lengua que es la comunidad que es la cultura que es la vida de nuestros coreguaje, huitotos, ticuna, etc. Cuando Miller Ortiz, el Gobernador, se enteró se pegó el susto de la vida. Yo le renuncié pero dije que no retiraba los nombramientos. Y sigo esperando que alguien me denuncie, carajo. De esto me acordé ahora, a propósito de la película “El abrazo de la serpiente” y del libro que estoy escribiendo: “Las cinco guerras del Amazonas”.
Varias noches dormí en mi escritorio del piso quinto en ese edificio feo y caliente y árido que es la Gobernación del Caquetá. Pero lo peor era cuando llegaba a almorzar a mi casa, a la una de la tarde y del sueño, y había cinco o siete maestras viejitas, compañeras de mi mamá, esperando para que las atendiera…
– Mijo, yo les dije que fueran a la oficina…
– Está bien mamacita, pero que no se repita… Hay sancochito p todos?
– Sí claro.
Y una vez, cuando hacía apenas ocho días que El Chiqui Valenzuela me había enseñado a manejar el Suzuky negro y destartalado de la Secretaría, me fui a saludar a mi novia de entonces, a La Pocha. Pero al llegar, una señora salió gritando:
– ¡Se llevaron a la profesora Gloria!
– ¿Quiénes? ¿Cual Gloria?
– Unos hombres armados, en ese campero, vea, es la profesora, la mujer de Sandoval.
Salí a toda mierda, a lo que daba el Suziki y el miedo. Tomaron hacia Morelia. Casi los alcanzo en el puente del Río Hacha. Entonces aceleraron. Los volví a alcanzar en El Dedito. Volvieron a alejarse. Pero llegando a La Yuca y como yo no paraba la bocina, me sacaron las ametralladoras. Paré en seco y regresé a mayor velocidad. Dejé el carro en la mitad de la calle y subí donde el Gobernador. Alguien guardó el carro mientras llegamos al Batallón Juanambú. Luego llegó el Obispo. Así fue como salvamos a La Mona. A las seis de la tarde yo firmé un documento responsabilizándome por ella y por llevarla al DAS al otro día. En las noticias de las siete de la noche, el loco de Andrés Almarales del M-19 salió a denunciar que “la camarada Gloria, La Mona”, había sido desaparecida y toda la carreta. Casi me muero del susto. No sé cómo sobrevivimos todos. Ustedes, amigos supervisores, La Mona y yo.
Al final del partido creo que valió la pena pasar por la Secretaría de Educación del Caquetá en los años de la guerra y de la tregua y de la guerra que no termina sino que se transforma y se reencarna.
Pero un día me mamé. Noté que mis camaradas eran casi tan clientelistas como los turbayistas que rechazábamos. Noté que no tenía tiempo para leer ni para pensar, menos para escribir, y que el mundo seguía tal y cual o peor a como yo soñaba cambiarlo. Los del M-19 se aprestaban a volver a la guerra y seguía la matanza de siempre, la de la UP. Todos mis amigos y los supervisores y los maestros, como era lógico, tenían hijos y familias y seres a quien querer. Otros amigos optaron por escapar y sí, escaparon. Algunos pasaron a los partidos tradicionales, otros al alcohol, a la droga, al misticismo o al nihilismo. A otros los arrastró la guerra. Y unos más se quedaron en el narcotráfico o los negocios. Creí entonces que era hora de escapar.
Me fui a estudiar teoría económica en otras latitudes.
Pero no. No he podido escapar. Aquí estoy, añorando estar con los supervisores de educación del Caquetá, en su encuentro del Quindío (de mayo de 2016), los amigos que quise y a los que no me atreví a decirles que los quería cuando buscaba afanosamente morirme, antes de cumplir los 30. En los tiempos de la bolsa o la vida, señores, que todo vale. Ustedes, amigos supervisores, optaron por la educación.
Kay-Ser.
20 de mayo de 2016.
Santo Domingo, República Dominicana.

