Jorge Reinel Pulecio Yate
Manuel Buenaventura, a quien conocí físicamente el mes pasado, me echó un cuento que yo había escuchado de mi mamá en las brumas de la niñez y que resulta gracioso.
Un General Buenaventura se casó con una señora muy bonita, cuyo nombre no conocemos. Se fue a los menesteres de la guerra y nunca volvió, ni se reportó como herido en combate. Luego de tres años de espera, la señora bonita decidió dar por muerto a su General y casarse con uno de los tantos pretendientes pueblerinos que tenía, con tan mala suerte que a los pocos días apareció -fuerte y rozagante- el primer marido. El escándalo fue ¡fenomenal! Ante la tormenta, la señora bonita abandonó para siempre ese pueblo sin nombre para no regresar jamás. Dejó en el olvido al General y a su nuevo esposo, sí, pero también a su hijo Buenaventura, un muchacho medio albino y medio tonto, para mayores veras.
Los Buenaventura del cuento por contar son (o somos) herederos de los tres hijos que tuvo el hijo bobo del General con una empleada de la finca. Uno de ellos se fue para Cali, otro para Girardot y el tercero, el más cercano, se asentó en Chaparral, el Chaparral de doña Doris Pulecio Buenaventura.
Hay otro cuento corto por el lado de los Pulecio.
Mi mamá era hija de Mateo Pulecio Viana. Más interesante quizás fue su tío, el general Rafael Pulecio Viana. Hay un reporte de que en el siglo XVII, un tal Puleccio, italiano, empobrecido y despreciado en su tierra, emigró a Colombia y para eso debió castellanizar su apellido, como súbdito de su majestad española.
Falta estudiar el caso para saber cómo terminó ese Pulecio por los lados de Purificación, Tolima. Solo conocemos el cuento posterior de una señora loca, doña Antonia Viana Armero, que se casó con Mateo Pulecio, vecino de Purificación, y tuvieron cinco hijos: Rafael (nacido en 1875), Mateo (1896), Dolores (1897), Lucinda (1899) y Leonor (1900). La señora Viana Armero se aprovechó de su linaje Armero y de una ley clientelista de la época, según la cual los descendientes de los próceres de la Independencia podían viajar gratis y los alcaldes debían hospedarlos y alimentarlos a su gusto.
En efecto, doña Antonia Viana Armero era descendiente del prócer de la Independencia y presidente del Estado Libre de Cundinamarca, José León Armero, ejecutado por los españoles en Honda, el 29 de agosto de 1816. Luego de educar lo mejor que pudo a sus hijos, se dedicó a viajar por Colombia a costa del erario público, hasta que se perdió en la memoria, literalmente. La llamaban “La Loca Viana Armero”.
No está claro cómo Rafael Pulecio Viana se hizo General de la República. Su hermano Mateo Pulecio Viana (padre de Doris, mi mamá), fue incorporado temporalmente como ayudante militar de su hermano, en su condición de bachiller del Colegio del Rosario de Bogotá. Sobra decir que eran godos. Por eso se beneficiaron del triunfo conservador en la Guerra de los Mil Días (1899-1902). No obstante, las tres hermanas de los militares, que habían sido puestas a buen recaudo en Nueva York, donde se hicieron costureras y ciudadanas (1918), no quisieron regresar a Colombia, a pesar del triunfo conservador en la batalla de Palonegro. Por esa contrariedad el General Rafael Pulecio murió de tristeza y soledad en algún cuartel de los andes colombianos.
En todo caso, en el Boletín Militar de Colombia No. 23 –órgano del Ministerio de Guerra y del Ejército- se publicó el Decreto 550 del 31 de mayo de 1905, donde se designa al General Rafael Pulecio Viana como Inspector Militar Departamental de Tolima y Huila (Ver facsímil del Decreto al final de este texto).
Mateo, el padre de Doris Pulecio Buenaventura, siendo ayudante militar de su hermano mayor, tal vez con un grado de oficial, fue ascendido de grado cuando cruzó a nado un río sin nombre en la memoria y tendió una cuerda pasa salvar al ejército godo que huía de los rojos, en una escaramuza luego de la guerra. Se desempeñó como alcalde profesional e inspector de policía en los pueblos del Tolima Grande, del Valle del Cauca y del viejo Caldas, durante la larga hegemonía conservadora. Cuando la suerte burocrática se vino a menos, ya con los liberales en el gobierno, se convirtió en gran amansador de caballos de paso, vaquero, panadero y hasta encargado de proteger petroleras en Barrancabermeja.
(Nota importante: en esa época, muchos de los generales y coroneles no eran militares profesionales sino terratenientes que ponían sus peones, sus mosquetes y sus raciones al servicio de causas perdidas).
María Doris Pulecio Buenaventura nació por equivocación en Pradera, Valle, el 14 de abril 1922, hija del entonces alcalde Mateo Pulecio Viana y de su joven esposa, Margarita Buenaventura Acevedo. Lo de Pradera fue un error porque ella siempre se sintió chaparraluna. Mateo y Margarita se habían conocido por acaso en El Ataco, Tolima, siendo él inspector de policía. Fue la única hija sobreviviente. Sus hermanos, Aura María y Mateo, murieron recién nacidos en “los años de los temblores largos”.
El alcalde e inspector de policía Mateo Pulecio Viana fue funcionario público modesto pero honrado. De la guerra solo le quedó la habilidad para las peleas cuerpo a cuerpo y algunas cicatrices. Por eso cuando ganó Olaya Herrera y comenzó la hegemonía liberal, no volvió a lograr cargos públicos y terminó de tinterillo, escribiente público y, repito, amansador de caballos. Murió a los 35 años de edad, cuando su hija Doris tenía 9, es decir, no alcanzó a disfrutar de sus virtudes.
No sé cómo Margarita Buenaventura Acevedo sacó adelante a su hija. O mejor, sí lo sé: con la costura y mucha pobreza. En todo caso Darío Echandía, el chaparraluno que se hacía el pendejo y preguntaba “y el poder para qué?”, le concedió una beca para estudiar interna en lo que luego sería la Escuela Normal Superior de Gigante, Huila. Ahí se selló nuestra suerte. Primero porque en ese internado, en las noches las niñas se turnaban para leer a escondidas literatura prohibida, como la de José María Vargas Vila. Así aprendió a fumar y a ser de pensamiento liberal, como los Buenaventura y no como los Pulecio.
Y segundo, porque estando en la Normal la llevaron de paseo a Florencia, Caquetá, tierra fértil donde las cosechas crecían solas, el agua brotaba por todas partes y solo los rayos y los rios mataban a la gente. Tierra de paz.
A los 17 años la joven Doris Pulecio Buenaventura fue nombrada maestra rural, en 1939, y así siguió por las veredas polvorientas del Tolima, acompañada de su madre Margarita y de la máquina de coser. Tuvo un novio, un tal Jorge, al cual le debo mi apelativo, quien murió “de repente” o del susto, tres meses antes del matrimonio.
Cuando la Violencia liberal-conservadora, cinco primos Buenaventura fueron abandonados y la costurera Margarita y la profesora Doris se encargaron de darles cobijo, ambulando por las escuelas rurales del Tolima. Aquí están Manuel y Enrique, beneficiarios tempranos de esa solidaridad.
Luego se juntó a vivir con Herminzo Yate Prada, un duro campesino descendiente de los pijaos en Coyaima y Natagaima, y nos tuvo a nosotros, cinco hermanos: Herminso, Doris, Nubia, Yorladys y Jorge Reinel. Nubia y Yorladys fallecieron de enfermedades de pobres, a los 2 y 3 meses de nacidas. Los otros, aún damos lora.
Pronto recuperaremos la memoria del líder campesino y colonizador, Herminzo Yate Prada. Por ahora seguimos con doña Doris.
La vida es dura. Y es corta.
Mateo Pulecio Viana murió mas pobre de lo que vivió. Margarita Buenaventura Acevedo no tuvo mejor suerte. Murió en Natagaima, cuando yo apenas tenía dos años, en 1955, y cuando arreciaba la violencia y el desplazamiento forzado.
Luego la violencia se llevó a mi abuelo paterno, Diomedes Yate Mape, asesinado en la vereda donde vivían doña Doris, don Herminso y sus hijos. Nada que hacer: arrancaron con la prole para el Caquetá, el remanso de paz y agua que la estudiante Doris conoció desde los tiempos de la Normal de Gigante. Se fueron, con 50 pesos que les prestó mi tío Diomedes, aquí presente, de colonos en la Amazonia.
La vida es dura. Y es grata.
Así que llegamos a la tierra de promisión, digo, de colonización.
La carretera destapada arrimaba hasta el puente del Río Bodoquero, antes de Morelia, en el Caquetá. En un cambuche para colonos dormimos el primer aguacero del diluvio eterno que era la Amazonia de entonces. A las cinco de la mañana, sin poder dormir, mi mamá se levantó a tomar tinto donde los arrieros y allí una voz grave la requirió:
-Doris, qué hace aquí.
Era Carlos Oviedo Acevedo, otro chaparraluno y pariente por el lado Acevedo. Le prestó otros 50 pesos, que Rafael Eduardo, su hijo más chistoso, aquí presente, dice que su papá se los heredó y debemos pagar ¡con interés compuesto!
Lo demás es un larga y teza historia de colonos y de maestra.
María Doris Pulecio Buenaventura fue maestra en el Caquetá en 18 escuelas rurales y urbanas, en Morelia, El Paujíl, El Doncello y Florencia. En algunas de estas, en pleno frente de colonización, como en Cerindo y Arenoconsuelo, llegó a dar clase a 85 alumnos diurnos y a alfabetizar adultos en la noche.
Mientras tanto, hacía las meriendas y los almuerzos a los niños, con los alimentos en descomposición (y otros buenos) que regalaba la Alianza para el Progreso del presidente Kennedy. También encabezaba las novenas, las fiestas de la Cruz y de los santos patronos, dirigía los velorios, preparaba los merengues y las parbas, organizaba los bazares para recoger fondos para los caminos y los puentes comunales, organizaba los San Pedros, los casamientos y bautizos, las semanas “de misiones” y de catequesis, las fiestas patronales, las veladas de clausura del colegio, las actas de las juntas comunales y, más tarde, acompañaba las marchas campesinas, las huelgas de los maestros y las luchas sidicales y políticas en que sus hijos y los tiempos la iban comprometiendo.
El tiempo y el corazón le alcanzó -nunca la plata- para ayudar a criar hijos de parientes y vecinos, algunos de los cuales están hoy aquí.
Claro que en la vida siempre tuvo amigos y amigas que le ayudaron a vivir y en muchos casos a criar a sus propios hijos.
Los Huerta Campos, que son muchos, fueron siempre nuestra familia extendida. Mil gracias a doña Mercedes por acompañarnos hoy.
Los Rivera, aquí presente, estuvieron en las duras y en las buenas. Por la enfermedad de Jairito, yo conocí a la Bogotá de ruana y niebla desde La Perseverancia, en 1964. Y la historia personal de don Eduardo Rivera me inspiró para escribir la tesis de pregrado, sobre el fracaso de la agricultura comercial en la Amazonia. La enfermedad de mi mamá habría sido más grave si no hubiera sido por la ayuda de Felina Rivera.
Yo sé de qué hablaban Trina Vallejo y mi mamá todos los días. Sí, por ella me enteré de los mejores chismes de faldas en Florencia. Trina fue el único ser humano que le lavó los pies a doña Doris. Pero en verdad la complicidad era el cigarrillo.
No están aquí otras comadres como Rosita Arias y Amelia Rios, o doña Beatriz, la esposa del comunista don Querubín Murcia, y mil maestras que la quisieron, o las nueras y yernos que la buscaron, no están aquí pero a todos y todas gracias por haber compartido con ella, y hoy por recordarla.
De la familia Yate, mi tío Uldarico fue el más dulce con ella y el que más la hizo reir. Sé cuánto respetaron y cuánto amaron a mi madre todos los Yate. Y sé cuánto amó ella a los que se llevó a criar desde su casa, a Hernando, Arnulfo, Marina, Aris (alias Jhon Armando), Gerardo y otros más. Mil gracias a mi tíos Diomedes, a Emperita, a Gerardo y a Uldarico por acompañarnos. Igual que a todos los primos.
A Pastorita, Eyicel y demás amigos y amigas.
La familia conformada por mi tía Benilda y Alfonso Capera fueron siempre la compañía y el calor más cercano. Además los hijos se dedicaron a ser maestros por pura inercia familiar.
Están también aquí nuestros amigos de siempre, Carlos Darío Arenas, Álvaro Arciniegas, Nicolás Valencia, Bernardo García, Nelcy Cuellar, todos los Oviedo Polo, los amigos con los que hay que contar y cantar.
La vida es dura. Y es bonita.
Cuando mi mamá estaba en sus últimos momentos, una maestra amiga y compasiva le llevó un curita y le dijo “doña Doris, el padre viene para que se confiese”. Ella, muy altiva le contestó, ¿y usted que me conoce hace tanto, de qué cree que debo arrepentirme?
Al fin de cuentas, con toda seguridad, sobre las grandes líneas de la vida María Doris Pulecio Buenaventura no tuvo motivos para arrepentirse. Ni siquiera por haberme dejado a mi el nombre de su novio muerto.
Cuando tenía un susto gritaba: ¡Carajo! Y luego agregaba: ¡Sea por Dios! Y se disculpaba con todos por la grocería.
Claro, nada de eso le heredamos sus hijos, mucho menos yo, deslenguado y eruptivo.
Esta fiesta se hizo también para que los nietos y nietas de Doris Pulecio Buenaventura, que ya son 7 y ojalá pronto haya bisnietos (Nataly, Lina, Laurita -mi hija-, Augusto César, Lupita, Camilo y Mateo), para que ellos tengan un testimonio vivo de quién fue su abuela y qué lecciones de vida nos dejó.
La vida es la vida, qué carajos. Demos gracias que a pesar de los pesares, hoy estamos celebrando.
La vida es amor y debemos aprovechar todos los momentos para regalarnos el amor que tantas veces, por temor o estupidez, nos negamos a profesar.
Un beso para todos y todas. Viva la amistad que doña Doris Pulecio compartió con nosotros, los que la amaremos siempre.
Kay-Ser
Leído el 12 de abril de 2014, con algunos ajustes el 15 de abril de 2025.
Agradezco a Laurita, mi hija, el interés por saber de sus orígenes y por ayudarme a conseguir los datos de la migración a Estados Unidos de las hermanas Pulecio, en el Registro de Pasajeros de la Ellis Island (Passenger record Ellis Island Foundation), en Nueva York. Y al compañero Guillermo Abril, por pesquisar las fuentes de los cargos del General Pulecio Viana, como aparecen a seguir:


