Muy al sur, en Caorito, en los años ochenta del siglo recién muerto, aún sin enterrar, mientras todos los muchachos de la generación de los setenta le apostaban a ser ricos jugándose la vida en uno o tres golpes de suerte, cultivando o transportando coca para los gringos, Camilo decidió jugarse la vida todos los días, comprando la lotería. La verdad no le importaba ganársela. Ni siquiera confirmaba al otro día en qué número había caído la última cifra. Lo único que le importaban eran esos 15 minutos de ensoñación, luego de comprar el billete, pensando cómo repartir los varios millones de pesos entre las múltiples empresas de vida que entonces le sobrevenían a borbotones.
Llegó a coleccionar miles de billetes de todos los colores y valores, entre cartas viejas de amores desaparecidos, títulos de grados y de cursillos, pasaportes vencidos para viajes imaginados, condecoraciones y testimonios de cambalaches matrimoniales.
Al final, después de apostar por meses al mismo número, el de la placa de la casa en Caorito donde nació, cuando había coleccionado tres mil ochocientos veinticuatro billetes de loterías nacionales y extranjeras, y justo cuando el Tribunal Superior falló una tutela diciendo que los premios nunca vencen porque son como crímenes de lesa humanidad, que pueden ser cobrados en cualquier tiempo y lugar, Camilo Roncesvalles decidió ir a cobrar sus apuestas con la vida: juntó en un solo volumen de quinientas doce páginas, los sueños de la grandeza que quiso comprar con las loterías que se ganó, lo editó cuidadosamente junto a los restos de la pensión de jubilación y lo entregó a sus amigos idos, todos ricos de verdad, en la vigésima quinta Feria Internacional del Libro en Bogotá.
Kay-Ser, 8 de mayo de 1996-12 de octubre de 2025.
