La última vez que hablamos con doña Irma hablamos de amores. De amores de arrieros, para mas veras. De un tal José que al fin se atrevió por las laderas de Caldas y de una mula que se cayó, coincidencias de la vida, donde iba la más joven, bella y granada flor de la región. Ahí comenzó todo. Levantando la mula caída.
La primera vez que saludé a doña Irma, en los cortos años sesenta, fue el “día de la madre”, cuando cursábamos primero de bachillerato en el colegio de los Hermanos Cristianos, en territorio de Misiones, allá donde comienza la Amazonia. Desde entonces estamos hablando de amor. A mí me tocaba recitar poemas a las madres, escritos por Gabriela Mistral, y otros más pedestres aprendidos al Indio Rómulo. Si no lloraban las madres vivas y los hijos tiernos, el declamador salía derrotado. Es que hablar de amores sabe mejor si es con llanto, como todos aprendemos desde temprano.
Desde entonces, desde los tiempos de las lluvias melodiosas y de los soles vespertinos, conocí de a poco a los hijos del amor de doña Irma y don José. Desde entonces compartimos con Carlos, el menor de sus hijos varones, lo mejor y a veces los momentos duros de la vida. Pero sobretodo vi crecer como una espiga dorada a Piedad Jimena, como la hermanita menor que solo irradiaba ternura. Y vi derrochar alegría y danzas contagiosas a Norma. A los mayores los conocí primero porque doña Irma los pintaba cada día en sus palabras y suspiros, después por los cruces esquivos de la vida. Pero, por qué conocí de oídas y suspiros? Sencillamente porque doña Irma me dejó instalar en su casa como un hijo bobo que no se desprendía a las horas de la cena o del sueño y entonces me fui quedando en el barrio El Prado, el mejor de Florencia, a pesar de que doña Irma sabía que yo era del Circasia, el mas pobre y alejado del poblado.
Luego vino la diáspora.
Muchos caqueteños emigramos con la misma precipitud que nuestros padres nos habían llevado, años atrás, más allá de las montañas. Y siguen migrado. Aquí veo, en estas flores que acompañan el féretro de doña Irma, nombres conocidos de la fuga referida.
Llegaron los tiempos del estudio, del trabajo, del emprendimiento y de nuevas siembras. Encontré siembras de doña Irma desde Miami hasta la Orinoquia, pasando por Santa Marta y la tierra vallenata. Todas en tierra fértil.
Qué más le puede uno pedir a la vida? La semilla esparcida toda en remotas tierras, se recoge aquí en Villavo, en torno a la matrona.
Sí, porque doña Irma fue una matrona que impuso su sello. No sólo en su altivez, su garbo, su buen vestir, sus modales elegantes, su buen hablar y la pulcritud de su vivienda. Su sello quedó impreso en el espíritu de conquista, en las lecciones de buen ánimo, de optimismo, en su exigencia de perfección y buenas maneras, espíritu del que fui testigo y admiré pero no pude aprender como debía. Me dio muchas lecciones personales y otras las recibía en sus regaños a mi compañero de ocio o de andadas, el viejo Charly.
“Gracias a la vida”, como dice el poeta. Gracias al amor que nos dio doña Irma. Al infinito amor que siempre nos congregará en torno a su memoria viva. Sí, porque Irma quiere decir: “aquella que tiene fuerza, aquella de gran fortaleza”. Nos quedamos con su amor y su gran fortaleza.
Jorge Reinel Pulecio Yate
30 de noviembre de 2011

