Saludos a Jaime Buenaventura Acevedo

Saludos a Jaime Buenaventura Acevedo

 

El 10 de septiembre de 2001 conocí a Jaime Buenaventura Acevedo, justo la víspera del día en que el mundo entró de un solo golpe en el siglo XXI.

 

Ese día en la mañana llamé a mi mamá, Doris Pulecio Buenaventura, le conté que estaba en Washington y que regresaría por la noche a Miami. Me dijo, “y ya visitó a Jaime Buenaventura?” Me ordenó que lo buscara por internet y que le diera sus saludos. 

 

Así fue como encontré, esa tarde de un verano en ocaso, a Jaime Buenaventura. Lo encontré leyendo -con ayuda de una lupa- noticias trasnochadas en el diario El Tiempo. Mi primera pregunta fue: “Y después de 30 años sigues interesado en noticias de Colombia?” “Sí, y sobre todo en noticias de Chaparral”, fue su respuesta.

 

Así comenzó un diálogo que duró ocho escasos años, en los que nos encontramos muy pocas veces, justo las veces que me permitieron vivir las mejores tertulias de la vida.

 

Ya sé que no es la hora de los reproches. Pero cuando tuve que despedirme el día de nuestro primer encuentro y yo quería seguir sabiendo cosas de Jaime, le pregunté qué tenía escrito que me permitiera seguir conociéndolo. Qué tenía escrito -digo yo- sobre la vida, su vida, de la que ese día me había brindado excitantes pinceladas. Me dijo que nada. Que tenía una novela inédita, por ahí perdida, nunca publicada. (Es hora de buscarla y publicarla. Sin duda). 

 

Al principio, cuando me sorprendí de la agudeza de los juicios de Jaime sobre los temas que abordábamos, de la profundidad de sus enfoques y la diversidad de sus argumentos, lo atribuí a la ventaja natural que le daba ser psiquiatra y conocer entonces las verdades de tantos y tan diversos pacientes. En efecto, le escuché los mejores análisis sobre la dinámica política de Venezuela, desde los primeros dictadores pasando por Carlos Andrés Pérez y hasta el socialismo del siglo XXI del coronel Chávez, justo por las notas sueltas de sus pacientes que llegaban, en jet fletado de PDVSA, desde Caracas o Los Emiratos Árabes Unidos hasta su consultorio en Washington. 

 

Por Jaime supe de la estampa caribe, llanera y mulata del coronel, y supe cómo sus rasgos físicos afectaban tanto a las élites caraqueñas desplazadas a Key Biscayne en La Florida.

 

En los días siguientes al 11 de septiembre aborrecí la economía, mi disciplina profesional. Nada de su “ciencia” me ayudaba a entender qué había pasado y por qué?  Toda teoría de “los precios” y de los “equilibrios inestables” me parecía insulsa para entender el mundo que estallaba por doquiera. Tres figuras me ayudaron a regresar a la realidad: Castell, Krugman y Jaime Buenaventura. Castell dijo, ocho días después del “11-9”, que se trataba de la primera guerra de las redes en el siglo de la globalización: Al Qaeda era una red, eran tiempos de redes y de flujos globales. Krugman explicó el sábado siguiente, en el New York Times, que se trataba de una guerra por la energía, causada por el déficit energético originado en el consumismo “americano”. Y Jaime Buenaventura me explicó por teléfono, esa misma semana, que se trataba de hacer uso del miedo para gobernar al ciudadano medio “americano” por parte de la “camarilla de Bush”.  Y me trajo a cuento varios episodios de la historia, relatados en el cine y la literatura, pero sobretodo en la mass media americana, de eventos de terror utilizados por Washington para controlar a su población. 

 

Después, mucho tiempo después de la semana de espanto que siguió al “11-09”, se escribieron tratados sobre las guerras de las redes, del petróleo y del miedo. Inclusive a Krugman le otorgaron el Nobel, más que por su tratado sobre geografía económica, por sus columnas resistiendo a la política de guerra del presidente Bush. (Así como a Obama se lo dieron recién por su apuesta a la negociación y la convivencia global). 

 

Jaime Buenaventura tenía mucho que decirnos sobre el miedo y el control social, pero no sólo como psiquiatra. Tenía mucho que decirnos del mundo como lector y como cultor del arte. Y ese es el aspecto que más me impresionó de Jaime. Me llevó a conocer colecciones privadas, muestras únicas de pintura y de plástica en general, como el padre que lleva al hijo a descubrir el mar.  Hablaba entonces con pasión de la vida del artista y de su obra, y no sólo del artista clásico sino del contemporáneo, del que tenía futuro así no vendiera todavía. Repasaba con su lupa The New Yorker y demás magazines con el afán de no perderse el acontecimiento plástico de la próxima semana, del próximo mes. Creo que por compasión conmigo, por saber al rompe de mi ignorancia a sobre Modigliani y su tiempo, me llevó una vez a ver su muestra y otra más me mandó a repasarla, en The Phillips Collection en el Dupont Circle, muy cerca de la casa de la Embajada de Colombia. 

 

Varias veces me llevó a asistir a estrenos del cine. Recuerdo entre otros el estreno de “Der Untergang” (El hundimiento) de Oliver Hirshbiegel, y cómo Jaime se detuvo la noche entera hablando de la magistral actuación de Bruno Ganz en alemán. 

Ah! El Cine! El cine era todo para Jaime. Cómo sabía de cine! En eso tuve una gratificación. Mi hija Laura me había preguntado cuál era la película que más me gustaba y yo le había contestado que El Acorazado Potemkin. Luego le preguntó a Jaime y mi sorpresa fue grata al saber que igual prefería a Eisenstein.

 

Pero tal vez era mediante la música como Jaime leía mejor el mundo de los hombres y de los dioses.  Tenía 68 versiones de una misma obra musical y seguía buscando actualizaciones. Tomaba un avión y se encapsulaba hasta París a escuchar dos horas una cantante de ópera (sería la Caballé o la Callas?) y regresar, luego de otras 9 horas de vuelo, al frío de Washington, pasando por Nueva York. “Valía la pena”, me confirmó Jaime. Conmigo mandó a sus amigos en Bogotá docenas de CD con lo último en música, de las casas más exclusivas. Por la música y los amores confundidos me habló de Ilse De Greiff y otros De Greiff. Me habló de amistades suyas diseminadas en varios continentes y de muchos olvidos.   

 

Digo que era un cultor sin igual del arte en todas sus expresiones. Su casa en Washington es un templo al arte y la cultura. Allí sólo se podía transitar por las salas y las alcobas como bailando sanjuaneros por sobre los arrumes de libros, esculturas, lienzos, películas, discos, porcelanas, grabados, utensilios, chucherías y mil muestras más de la mejor creatividad humana, recopiladas en sus andanzas por el mundo y por la vida de los artistas, muchos de ellos vivos aún hoy. Cada cuadro traía detrás una historia de vida que cobraba valor distinto cuando era contada por Jaime. Cuadros que en principio “no me gustaban” se volvían únicos con las historias contadas por su tenedor. 

 

Tenía tanto arte disperso por su casa que no había espacio alguno para el descanso. Mi hija, de diez años entonces, no se podía dormir por las decenas de ojos abiertos que la vigilaban en las noches eternas amontonados en las paredes. Y yo confieso que en el baño siempre fui mojigato por las miradas impúdicas de esculturas y lienzos entrometidos en los techos o escondidos bajo las losas. El garaje era un cementerio de obras que esperan resucitar.

 

Donde de verdad Jaime Buenaventura era un placer estético era en la tertulia franca. Pasamos buenas horas, degustando licores y viandas de su propia factura, conversando sobre Colombia y sus gentes. Por nuestras charlas pasaron sus recuerdos de Chaparral eterno, de su niñez presente, del licor de su padre y la silla de montar, de los compañeros de juegos, sus profesores (incluido Daniel Jáuregui), sus hermanos, familiares y amigos sin olvido. Revivimos complicidades de la Universidad Nacional de Colombia, de amistades compartidas (Antanas Mockus, entre otros) y de broncas contenidas: el clientelismo, la corrupción, la exclusión, los poderes heredados, las violencias, los macondos, las drogas, los autoritarismos, la clerecía y otras cias. Fuimos cómplices en la lectura de los uribismos y otros señores de la guerra, en la gran hacienda que sigue siendo Colombia, según creía Jaime. 

 

Buena música, buen vino, buen cine, buena literatura, buenas tertulias, buen saber, buena risa, buen arte, todo reunido en ese nicho de la Mc Arthur Bulevar… 

 

En las tertulias pasábamos fácil de la indignación a la hilaridad plena.  Allí Jaime subsumía todo su saber y su nostalgia, su elocuencia y su desarraigo, el amor por los suyos, sobrinos, hermanos, amigos todos, y las broncas por la miseria humana que conocía como nadie.  

 

Nunca dimos por terminadas nuestras tertulias. Debían continuar. Deben continuar.

 

Sólo pude disfrutar la amistad de Jaime Buenaventura en sus últimos años, en los años del reposo y la nostalgia, o tal vez los de la madurez y las dudas insolubles si regresar a la tierra de la nascencia, de la barbarie, del desorden, de la violencia sin fin, de la corrupción y las tropelías, sí, pero también de los Buenaventura, los Acevedo, los Echandía, … de los amigos cómplices de la música, del cine, del arte y la lectura.

 

Fue bueno, muy bueno, madre mía, que me pidieras llamar a Jaime para darle tus saludos. Él te los devolvió agradecido. Y se fue, hace poco, sin despedirse. 

(Foto de Jaime Buenaventura, tomada por Kay-Ser)

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JORGE REINEL PULECIO

10 de octubre de 2009